Sitio Oficial de la causa de Beatificación de la Sierva de Dios
Su Vida María Cecilia Perrín nació en Punta Alta, provincia de Buenos Aires, República Argentina, el 22 de febrero de 1957. Hija de Angelita y Manolo Perrín, fue bautizada en la parroquia de María Auxiliadora, el 27 de febrero de 1957. Es la tercera de cinco hermanos: María Inés y Jorge, los mayores; Eduardo y Teresa, los menores. Realiza sus primeros pasos en los Sacramentos de Iniciación Cristiana en la parroquia de María Auxiliadora, realiza su primera comunión el 25 de octubre de 1964 y su confirmación el 19 de noviembre de 1964. El ámbito familiar en el cual se desenvuelve la vida de la joven Cecilia es de profundas raíces Católicas. Familia abierta al Espíritu Santo, caló muy profundo en el seno de esta la espiritualidad de Chiara Lubich y el movimiento fundado por ella: “Los Focolares”. Fueron unas de las primeras familias que adhirieron a este movimiento en Punta Alta. En el año de 1974, deben viajar a Buenos Aires por una enfermedad de la mamá de Cecilia, con 17 años se convirtió en la ayuda que el padre necesitaba para poder llevar adelante el hogar. Esa experiencia la hizo madurar mucho.
Entre los años 1976 y 1982, comenzó diversas carreras en la universidad de Bahía Blanca: Bioquímica, Historia y Filosofía. En 1976 comenzó a trabajar en el Instituto Canossiano Sagrado Corazón de las Hijas de la Caridad Canossianas, en el cual había estudiado. Fue asistente de la Madre Superiora, su humildad y sencillez asombró hasta las mismas religiosas de ese instituto educativo. En 1982 decidió que otros, en otros lugares con otras necesidades, la necesitarían más. Esta “opción” fue la determinante que ese año se incorporara al Instituto José Manuel de Estrada, dando Catequesis. “Debemos incendiar de Amor este lugar” repetía a sus compañeros de trabajo “Vivamos la Voluntad de Dios. Ya EL se va a encargar de poner en claro las cosas...”. En el establecimiento Cecilia era “la claridad del Amor concreto de Dios”; según lo describe una compañera de tareas. Instaba a sus alumnos a no temer a Dios y constantemente les repetía que Dios es amor.
El 20 de mayo de 1983, luego de dos años de noviazgo, Cecilia contrajo matrimonio en la parroquia María Auxiliadora con Luis Buide. Tanta gente concurrió a dicha ceremonia que hubo que cortar el transito dado que los amigos ocupaban todo lo ancho de la Calle hasta la vereda opuesta. El matrimonio transcurrió con serenidad y paz conyugal. A fines del año 1983, Cecilia quedó embaraza. En febrero de 1984, siente unas molestias por una llaguita en la lengua, pero los médicos de Punta Alta le recomendaron un especialista en Buenos Aires. Se le diagnosticó cáncer. Pero más allá del diagnóstico ella no quería perjudicar al bebé que estaba gestando con tratamientos violentos que pudieran causar un aborto. Eso lo dejó bien claro, no había dudas al respecto. Cecilia se mantuvo firme en aceptar la voluntad de Dios y se apoyó en cuatro pilares: Su profunda Fe, su amor a “Jesús Abandonado”, el afecto de su esposo, familiares, amigos y la fuerza de la unidad con quienes compartía su cristiano y católico ideal de vida. El diagnóstico era irreversible. No obstante, había una gran alegría por la ilusión de la nueva vida que llegaría.
A partir de ese momento comenzó a escribir muchas cartas a todos los que podía. Las cuales se encuentran recopiladas. En una de ellas leemos: “Señor quiero ser como Vos quieras que sea; tener la personalidad de desees, ser ante el que está a mi lado como Vos quieras que sea. Tener la belleza que Vos quieras que tenga.” Su belleza natural y fresca había desaparecido a causa de su enfermedad. Pero su Amor y su entrega al Señor hacia que irradiara una belleza superior comentada por todos los que la conocieron. Sus últimas cartas fueron cerca de la Navidad de 1984. En febrero de 1985, hubo que internarla. El 1 de marzo de 1985, alrededor de las 21:00, María Cecilia Perrín de Buide falleció a la edad de 28 años.
Sus restos mortales descansan en la Mariápolis Lía en O´Higgins, provincia de Buenos Aires, por expreso pedido de ella, para que aquellos que la fueran a ver, encontraran un lugar de alegría y esperanza y no de muerte y desolación. Su fama de Santidad, su Heroicidad en la entrega; su ejemplo de vida Cristiana (que asombra aún fuera de la Iglesia Católica Romana) y muchas gracias que fueron escuchadas y concedidas, han hecho que se comience su causa de Canonización.

 

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